jueves, enero 04, 2007

Dos tradiciones de Mérida: El Pesebre y la Paradura



Esto es un extracto del libro de mi amigo el Profesor Francisco Rivero llamado: Visitando Mèrida. Acá les dejó lo que el dice acerca de estas dos tradiciones tan andinas, tan merideñas. En lo personal recuerdo el olor del biscochuelo perfumado con miche hinojado, el vino pasita, que es un vino que hacen de cambur, es dulce y tradicional. También en las paraduras de mi familia reparten buñuelos que son cuadritos de masa fritos remojados luego en miel de azúcar (sirope), y otros dulces como arroz con leche, arroz con coco, delicados de frutas, quesillo y una larga lista. Es tradicional dar sancocho o como en mi casa callos a la madrileña, receta que mi madre hace estupendamente, puede ser muchacho relleno con arroz ypan de bolita, o ensalada de gallina. La Paradura del niño es un acto respetado y muy venerado en los andes, dicen que el niño Jesus es muy milagroso y que lo que se le pida en una paradura lo cumple, la promesa es hacerle su paradura todos los años, mientras más grande mejor. Comida, músicos y fuegos artificiales de ser posible. La comida siempre està relacionada a estas fiestas y el biscochuelo que es un biscocho esponjo con espcias y aromatizado con miche andino que lleva hinojo es de verdad toda una delicia, que le gustará quizás comerlo con un vaso de leche fría un buen marrón.
Cuando entra el mes de diciembre la naturaleza derrama su paleta colorida de flores perfumadas engalanando con su grata belleza, frescura y lozanía, el ámbito de la meseta y sus alrededores. Los temores y preocupaciones de los hombres, se disipan de manera inexplicable. Los recuerdos de la niñez afloran pordoquier: se inician en estos días tan especiales los preparativos para la Navidad en los hogares de Mérida, colocando el tradicional pesebre para celebrar la llegada del Niño Dios.
El pesebre, una creación de San Francisco de Asís, que se difundió en el mundo
medieval , ha llegado hasta nosotros como un legado entrañable de nuestra cultura hispana. Se encuentra muy arraigado en el pueblo de Mérida, desde los primeros tiempos de la colonia, cuando fue introducido por los frailes franciscanos, dominicos y agustinos, quienes armaban sus pesebres en sus conventos e iglesias con figuras traídas de España, piedras, palos, musgo, ramas de pino y demás materiales proporcionados por la naturaleza.
El típico pesebre andino conserva la frescura y simplicidad de los rústicos pesebres del pasado: consiste en primer lugar de la escena del Nacimiento con las figuritas del Niño Jesús, San José, La Virgen, la burra, el buey y los tres Reyes Magos, alrededor de un cobertizo de paja. Al lado de esto se colocan escenas de los pastores buscando las ovejas descarriadas, mujeres cargando cántaros de agua, el ángel de la anunciación, el gallo, los leñadores en el bosque, las casitas de teja, los caminos, los puentes, los ríos y las lagunas.
El pesebre andino es una pequeña réplica del contorno geográfico donde vive la gente del campo, dedicado a exaltar no solamente el espíritu religioso de la Navidad, sino también el profundo amor del hombre por la naturaleza que le rodea. En los campos las figuras se hacen del árbol de la yesca o anime, tallando con una navaja las cabezas, pies y manos y vistiendo los cuerpos con pequeños retazos de tela de paño. Las caras se pintan a mano con pincel. Para las ovejas se emplea el algodón a imitación de la lana.
Para formar las verdes praderas, se utiliza la lama húmeda o musgo traída desde los páramos. El pesebre se coloca, generalmente a la entrada de la casa en una sala o cuarto especial, para que pueda ser visto a través de la puerta o ventana, por las personas que transitan por la calle. En la ciudad la gente también elabora los pesebres, con algo más de sofisticación, pero manteniendo siempre los elementos naturales hasta donde sea posible. De acuerdo a las posibilidades económicas del dueño de casa, se tendrán finas imágenes de cerámica, de mucho realismo, generalmente españolas, representando a la sagrada familia, los reyes y los pastores. También se colocan luces artificiales de colores para iluminarlo durante la noche. Al lado del pesebre se coloca un candelabro de barro con velas de cera, para encenderlas el día de la paradura del Niño.
En la Ciudad de Mérida los vendedores del mercado ofrecen toda una variedad de cosas para adornar los pesebres, como el papel pintado para construir las montañas, talco de distintos colores, brillantina y micas transparentes, para imitar las piedritas; lama y yerbas de incienso, mirra, albricias y díctamo para perfumarlo; ramas retorcidas de cínaro para formar los árboles y las cuevas, y las barbas de palo, que cuelgan de los bucares, para cubrir el techo del cobertizo donde se refugian José y María.
El pesebre se mantiene durante todo el mes de diciembre y enero hasta el dos febrero, día de la Candelaria, cuando se desmonta hasta el próximo diciembre.
La Paradura
Estamos a comienzos de año en un día luminoso del mes de Enero y asistimos a casa de unos viejos amigos, quienes celebran hoy la paradura del niño. Una vez traspasado el umbral de la vivienda, se percibe la actividad propia de los preparativos del ritual en el hogar doméstico donde ya vemos a los invitados que van llegando y se sientan en sillas de suela o bancas de madera alrededor del pesebre. Un olor a hallaca que viene de la cocina, entretejido con los efluvios perfumados del encinillo, díctamo y demás hierbas del pesebre se cuela entre las puertas y postigos de las ventanas. La gente se ubica de acuerdo a su jerarquía y grado de filiación con la familia hasta llenar la pequeña sala: los mayores del circulo familiar en los puestos de adelante, muy próximos al pesebre, y la gente joven o parientes más alejados hacia la parte de atrás e inclusive fuera del recinto en los corredores, el saguán y el patio central donde se van formando grupos de
conversación muy animada. La paradura se celebra cualquier día, entre el 1o de enero y el 2 de febrero.
Nos sentamos en el corredor de la casa a conversar con Juan, el dueño de la casa, quien hace poco nos ha presentado a sus padres, un par de ancianos cercanos a los 80 años, de pelo blanco y rostro rubicundo curtido por el sol, quienes viven en una pequeña finca cerca de Mérida. Afuera en la calle ya comienzan a lanzar cohetes para anunciar a todo el mundo con orgullo, que hay una paradura en casa. En un ambiente de muy sano festejo la gente grande charla amigablemente y se ríe de cualquier cosa mientras los chiquillos corren de un lado a otro haciendo de sus tremenduras. Los músicos ya han llegado y son atendidos con mucha deferencia por los dueños de casa, sentándolos enfrente del pesebre en sillas previamente reservadas para ellos. Poco a poco van afinando los instrumentos que han traído para esta ocasión: violines, guitarras, tiples, cuatros y maracas. Ahora comienzan a tocar música algo ligera y alegre como valses, joropos, paseos y merengues para animar el ambiente. Juan y su esposa Isabel se van moviendo entre los invitados ofreciendo un blanco ponche andino en vasos pequeños, que la gente agradece con placer
- Este ponche le ha quedado muy sabroso- le digo a Isabel, mientras termino mi vaso
con fruición no disimulada.
- Es ponche casero- nos comenta, lo hicimos acá en la casa con ron, leche
condensada, flan y una pizca de canela.

Mientras tanto en la cocina, las hijas de Juan y algunas primas trabajan como abejas en una colmena, preparando los platos y bebidas que se habrán de repartir. Ya el biscochuelo ha salido del horno y los están cortando en tiras alargadas. Otras jóvenes voluntarias se encargan de ir calentando las hallacas en enormes ollas de barro. Isabel saca del escaparate de su cuarto una caja conteniendo las velas. Un hermano de Juan entra y sale de la cocina a cada rato, llevando cerveza fría de la nevera para repartir a sus amigos quienes se encuentran en la calle. La alegre algarabía del parloteo de las comadres, los gritos de los niños, y el ruido estruendoso de la pólvora crispan el ambiente de la casa.
Después de rezar el rosario, Juan e Isabel ayudados por las muchachas, reparten entre los invitados los trozos de biscochuelo, en bandejas de madera y vasitos de vino tinto para brindar por el niño. Es un biscochuelo de corteza algo morena, y corazón tierno y esponjoso que ofrenda al paladar los sabores sutiles de la leche, el azúcar y el anís, portadores de secretos silenciosos, escondidos en los hornos del fogón familiar y que se transmiten con celo de generación en generación. Su sabor dulce se hermana muy bien con el gusto algo cerrero de este vino tinto moscatel de mosto muy joven.
Después de este brindis tan reconfortante, sigue el rosario cantado por parte del grupo musical. Es un rezo bastante especial, distinto al rosario rezado, traído desde los campos remotos donde se originaron. Son intrincadas letanías, muy poco conocidas para muchos de los asistentes. Se cantan en un tono muy alto, acompañados por un coro que entona una melodía de carácter casi litúrgico, como un lamento de hondas raíces religiosas reforzado por las notas celestiales de los violines. Es la ceremonia más larga de la paradura y también la más interesante por su significado espiritual. Sus versos han pasado de padres a hijos entre los músicos. La gente invitada simplemente calla y escucha este rosario.
Al final del rosario cantado se sirve la comida. Esta vez a cada invitado le han dado un plato con una hallaca, un poco de ensalada de gallina, y dos panecillos blancos. Juan pasa de un lado a otro trayendo los manjares desde la cocina. La cena culmina con un delicioso dulce de lechoza preparado con panela y clavos de olor. Después de la comida se sirven vasitos de miche o de ron que la gente puede repetir. Los músicos han vuelto a tocar de nuevo esa música alegre tan contagiosa de nuestro folklore andino que nos alegra y embelesa, mientras nos adentramos en una conversación. El tiempo ha pasado inadvertidamente. En las paraduras no se baila, pues se considera un irrespeto hacia la majestad del niño. Poco a poco se van retirando los invitados y nosotros hacemos lo propio despidiéndonos de la dueña de la casa.


Para ver el libro: Vistando Mèrida: http://webdelprofesor.ula.ve/ciencias/lico/




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