viernes, abril 11, 2008

EL VIEJO Y EL MAR, MI PADRE Y EL MAR, LAS OSTRAS Y EL MAR


Hemingway y el mar es una dupla que es difícil dejar de asociar. En lo personal descubrí a Hemingway por deberes escolares, el bachillerato pide a sus estudiantes leer el famoso El viejo y el mar. Yo que nací en las montañas me hice de una imagen del mar tan grandiosa, la que me dió el relato de Ernest; que no podía esperar para volver a visitar la playa, cosa que se hacía una vez al año. Por cosas de mí papá, el cual vivió en muchas partes del país y no es andino exactamente, porque aunque nació en San Cristóbal, vivió allí solo un par de meses, en cambio se paseó por todo el país, obra y gracia de que mi abuelo Gámez trabajó para el extinto MOP (Ministerio de Obras Públicas). Así pues, que siendo andinos teníamos una cultura culinaria influenciada por las diversas ciudades donde vivió mi papá. Se comía arepa, por su puesto, pero otras cosas como suero, picante, casabe, y mucho pescado, amor por los productos del mar. Una extraña dieta para una ciudad que tenía un alto índice de padecer de Bocio por carencia de iodo, ya que queda muy lejos del mar y hay poca cultura de consumo de productos del mar, la nuestra era una dieta un tanto excéntrica.

Al viajar a la playa sólo comíamos productos marinos, nada de parrilladas a la orilla del mar, pescado y mariscos a granel. Una vez por ejemplo compró mi padre una cantidad inaudita de langostas en la península de Paraguaná, y el amigo que nos alquilaba la casa las preparó sencilla pero deliciosamente . Comenzó con un caldo de langosta, ligero y muy aromático, inolvidable ese aroma. Luego sirvieron un platón con langostas cocidas perfectamente acompañadas de una salsa cocktail, de moda para el época supongo. Muy rica comida.

Otro recuerdo inolvidable era cuando íbamos a Morrocoy, Parque Nacional en el Estad Falcón famoso por sus bellos cayos. Allí era común atiborrarnos de ostras, docena tras docena las engullíamos frente al mar, mi viejo y el mar, mi viejo, las ostras, el mar y yo.

Desde ese entonces me quedó esa imagen hermosa del mar como mi padre amoroso, atento y complaciente en vacaciones, que contrastaba con el riguroso y ocupado de todo el año, y por su puesto, el sabor de las ostras, que saben a mar, un delicado regusto a mar, un juguito que es como comer delicados trozos de mar cristalizado dentro de la concha, perlas líquidas que en la boca se materializan como la esencia misma del mar. Aunque yo que no soy poeta, ni nada que se le parezca me inspire para tratar de describir mi gusto por las ostras y el mar, nada como las palabras del viejo Ernesto, que en su A Moveable Feast (París era una fiesta) en las que describe magistralmente cómo es comer ostras. Imagen que se usa en la película City of Angels (Un ángel enamorado) para que un ángel (Nicolas Cage) entienda, ya que no tiene sentidos humanos, el gusto por ejemplo, lo que es comer una ostra.

"Comiendo las ostras con su fuerte sabor a mar y su deje metálico que el vino blanco fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el frío líquido de cada concha y perdiéndolo en el neto sabor del vino, dejé atrás la sensación de vacío y empecé a ser feliz y a hacer planes..."

E. Hemingway. A Moveable Fest




3 comentarios:

Sole dijo...

Dios mio! que recuerdos, Hemingway también lectura de bachillerato y puerta grande para un Paris de fiesta y las ostras en Morrocoy. Supe andar por alli hace algo mas de seis años.
Un grupo de músicos y de actores con una carga extraño de ron Pampero aniversario y mi inquietud sobre "que se comería"
Maravillosa sorpresa cuando comenzaron a llegar las ostras, frescas, deliciosas y luego una maravilla que creo se llamaba "bienmesabe". Seguro que en el medio comimos algo mas. Pero mi memoria sensitiva solo registra esos dos momentos y de solo recordarlos mi sala se ha llenado de sol y mar.
Gracias amigo

Antonio Gámez dijo...

Gracias Sole,

Pampero aniversario, de verdad le debo un post al ron venezolano, en especial ese es de mis preferidos.
El bienmesabe es para mí, que no soy comedor de dulces, uno de los que más me gustan.

Morrocoy, con sus aguas cristalinas y su ambiente tan caribeño, tan venezolano son mi aproximación al paraíso tropical que es mi país. Allí, en la madrugada, con un vendedor de ostras llamado Alexander, buceamos en sus arrecifes decifrando sus secretos. De día y de noche bajo las aguas cristalinas de Morrocoy. En el día: Cebiche de pez loro, Botuto cocido al aroma del ron Santa Teresa y su picante.

Un abrazo Sole-ado amiga

Ostras Daniel Sorlut dijo...

Qué sabias palabras las de Hemingway y qué bonita historia, gracias por compartirla con nosotros!
Saludos,
Ostras Daniel Sorlut
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